jueves, 16 de junio de 2011


Escribí esto el 25 de noviembre del 2010. Desde entonces, creo que crecí mucho. Creo que maduré lo suficiente como para limpiar mi cabeza, mi corazón, saqué todas las basuritas que no podían ser recicladas y las metí en una bolsa de consorcio grande, negra, que fue directamente al montón de basura que fui tirando, y que no volví a tocar, en estos 15 años.

Memoria.
Pasó, no sé cuándo –con dieciseis años me parece justo renunciar a la noción del tiempo, aunque el tiempo nunca fue algo a lo que estuve ligada–, pero pasó.
Miranos, un mismo espejo que nos devuelve dos imágenes distintas que solían ser iguales.
¿Te acordas de mí? Lo más probable es que no me reconozcas, lo admito: cambié, pero no tan drásticamente como esta nueva primera impresión muestra. Mi risa sigue intacta, mi tarde favorita sigue siendo la más sencilla, escribir sigue siendo mi hogar, y todavía disfruto ver cómo mi viejo y mis hermanos juegan poker todos los asados.
Incluso cometo la imprudencia de enamorarme de vez en cuando.
Soy yo, sigo siendo yo, pero atrás de un escudo, de un muro de Berlín que levanté entre mi mundo y el mundo, y con más miedos, o quizás un miedo que prevalece sobre todos los demás, un miedo al miedo, a no saber qué es lo que éste busca de mí, o de vos, que estás tan cerca de conocerlo, y te aseguro que nunca sentiste nada igual, es un miedo extravagante, mucho más irrefutable, meticuloso. Un miedo que nació el día que dejamos de ser una las dos para ser yo con tu recuerdo y vos, muerta para mí y viva para el mundo, y una sonrisa creyente.
Fue el día que parte de mi esencia se fue con vos. Y vos moriste.

Te reto a recordar cómo fue, o, bueno, a imaginar cómo va a ser.
¿No te das ni la más mínima idea, no? Él apareció en tu puerta, fue un minuto pero pesó una eternidad; con una mirada manchada por un guión que él sabía de memoria y un rostro donde la mafia del destino escribía tu futuro, entendiste. Te regaló sueños rotos para que los reciclaras, y por un minuto creíste que su mirada era una caricia, suave sobre tus lágrimas. No dijo nada, tampoco era necesario. Él seguiría siendo un ángel, con alas o sin ellas, pero se había alejado demasiado de su cielo y acercado demasiado a tu tierra.
El nudo en tu garganta fue todo lo que dejó, o todo lo que yo recuerdo, y un abrazo lleno de silencios que jamás se llenarían.
Lo querías, pero él se había ido.
Entonces el sufrimiento se hizo real, tan real como el filo de un cuchillo, y así moriste, y toda esperanza, toda alma, o corazón que había en vos murió también.
Fuiste la razón por la cual confundí odio con miedo y amor con ausencia, y el motivo por el cual reflexioné sobre cada mueca perdida que encontré frente a mi espejo, ese donde te ves y me ves ahora. Aprendí que nadie evita que el dolor no duela, que el sufrimiento no nos haga sufrir, y nadie nos garantiza que el amor ame respectivamente.

Gracias, che, por enseñarme que nadie deja de existir, ni siquiera cuando todo su reino muere, gracias por ayudarme a mantenerte en alguna parte de mí, algún lugar donde la distancia, donde el tiempo no existe, y sé es héroe al no rendirse.
Con la inocencia de creer que durarías para siempre alguien, cuyo honor ha sido conocerte mejor que nadie y peor que todos, guarda tu memoria en una caja de cristal con un moño rojo que regala a cada día de sus días con la intención de hacer honor a lo que fuiste. Ese alguien soy yo.
Lo peor es la injusticia que yace en un solo hecho: no vas a volver. Ni aunque rece, ni aunque chille, ni aunque yo también muera.
Así que, por el respeto que te tuve, te pido un favor: no me saques fotos.
Porque las fotos, como ya sabes, son el arma de la memoria, y la memoria es tan pero tan puta que aprovecha cada oportunidad para demostrarme que bello pudo ser lo que nunca fue.
Es una foto la que te llamó –buscando en buenos recuerdos descubrí que nada duele más que esos: los buenos recuerdos–; en el centro de esa foto estás vos, y yo, y una misma sonrisa que brilla por su abrazo, ese abrazo que él supo hacernos sentir sincero…



Nadie te quiere tanto como yo, nadie te extraña así.
Espero que estés bien.